El verdadero sentido de la ley. Amad a vuestros enemigos.

Mateo 5:44 “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”

El día de hoy continuaremos nuestro estudio del sermón de sermones expuesto por el Maestro de Maestros, nuestro Señor Jesucristo. A lo largo de este capítulo hemos visto cómo el Señor corrige interpretaciones humanas de la ley, que buscaban cumplir reglas externamente sin tocar el corazón, hemos visto como las autoridades religiosas de la época habían torcido la ley a su acomodo, y habían enseñado falsas doctrinas al pueblo, basadas en un aparente cumplimiento de la ley que los autojustificaba según ellos, que los mostraba aparentemente piadosos frente a sus colegas y el pueblo, pero que sin duda alguna bajo esa apariencia de piedad se habían escondido corazones orgullosos y malvados que lejos estaban de Dios. Por esta razón nuestro Señor Jesucristo les muestra la verdadera razón de la ley, el verdadero sentido de la misma, El no estaba predicando un nuevo evangelio, sino dando el verdadero significado del mismo. Y en este caso en particular, el Señor está exponiendo el verdadero carácter de un ciudadano del Reino de los Cielos con referencia a aquellos que le rodean incluyendo sus enemigos. 

En primer lugar, notemos en el v.43 que el Señor dice la frase “Oísteis que fue dicho”, que indica que está corrigiendo una interpretación defectuosa de la ley, no la ley misma. Los fariseos habían enseñado que debíamos amar a nuestro prójimo, pero que el odio hacia los enemigos era aceptable, pero, era realmente eso lo que decía la ley? Realmente la ley decía que se debía aborrecer a los enemigos? La respuesta corta y concreta es NO. En ningún pasaje de la ley Dios está diciendo que se debía odiar a los enemigos, al contrario, tenemos diferentes evidencias de que aún en el antiguo testamento Dios manda a amar aún a nuestros enemigos, por ejemplo: (Éxodo 23:4-5, Proverbios 25:21-22), entonces nuevamente los fariseos habían hecho una torcida interpretación de la ley dada en Levítico 19:18. Pero con qué objetivo? La respuesta salta a la vista, para ellos era muy fácil amar a los que ellos consideraban su prójimo, a los de su mismo grupo, pero no a aquellos que eran considerados como sus enemigos, y como su principal objetivo era mostrarse frente al pueblo como hombres piadosos y espirituales para ganar su posición de superioridad, entonces simplemente torcieron la ley de Dios y la limitaron. Pero Dios no cambia, de hecho nuestro mismo Señor Jesucristo les redefine el significado de la palabra prójimo en la parábola del buen Samaritano en Lucas 10:25-37 porque también lo habían manipulado.

Dejando claro que la ley no permitía el odio hacia los enemigos, nuestro Señor Jesús continúa exponiendo en el v.44 “Amad a vuestros enemigos”, llevándonos a un nivel de obediencia que solo puede surgir de un corazón transformado por la gracia de Dios. Ya el mandamiento no es solamente no pagar ojo por ojo, o no tener resentimiento, enojo o reprimir el deseo de venganza contra los que nos hacen mal, en este texto Cristo pone la vara aún más alta, y dice que debemos  amar a los enemigos, pero como podemos llegar allí? Sin duda esto solamente puede ocurrir en una persona que ha nacido de nuevo, en alguien que ya no se guía por los deseos de su humanidad, sino alguien que ha nacido de nuevo y su corazón ha sido transformado de un corazón de piedra a un corazón de carne sensible y misericordioso por la obra del Espíritu Santo y el poder de Su Palabra. Entonces, el creyente verdadero no puede sentir, pensar o actuar como la lógica humana nos pide, debe trascender los límites humanos. Sin duda alguna el corazón humano desea por naturaleza el rechazar a los enemigos o pagar mal con mal, miremos por ejemplo a Jonas, quien no quería que Dios mostrara misericordia a los Ninivitas, a pesar de que ellos se habían arrepentido y habían demostrado un cambio de corazón. Dios reprendió a Jonás y le enseñó que su amor debía trascender los límites humanos: (Jonás 4:2–4 y 11). Así mismo Dios nos llama a nosotros sus hijos a trascender los límites humanos, a no actuar como actuaría cualquier ser humano racional con sus enemigos, Dios pide de nosotros que mostremos Su amor, que así como un niño se parece a su padre en sus comportamientos aprendidos, que nosotros nos parezcamos a nuestro Padre Celestial. 

Esto nos lleva a la segunda parte de este verso, Dios espera de nosotros que amenos activamente a quienes nos hacen daño, reflejando Su carácter incluso en circunstancias difíciles. Cuando Jesús dice:“Bendecid a los que os maldicen; haced bien a los que os aborrecen; orad por los que os ultrajan y os persiguen”, nos llama a una práctica concreta de amor, un amor que es sacrificial, deliberado y sobrenatural, que trasciende nuestras emociones naturales y nuestro deseo de justicia personal.

Para ver un ejemplo claro de esto en la vida de alguien que se convirtió en un hombre conforme al corazón de Dios, consideremos a David, quien tuvo múltiples oportunidades de vengarse de Saúl, su perseguidor. Sin embargo, decidió no hacerlo y mostró misericordia, diciendo: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová” (1 Samuel 24:6). Así debemos ser nosotros, mis amados hermanos, confiando en la justicia de Dios y eligiendo el camino del bien incluso cuando podríamos hacer mal, el camino de la misericordia en lugar de las represarías o venganza, el camino del amor y el perdón en lugar del rencor. 

Ahora, en tercer lugar, en el v.45, nuestro Señor no está poniendo un requisito en las obras para ser hijo de Dios, lo sabemos por el contexto general de las Escrituras donde constantemente se nos expone que la salvación es por Gracia por medio de la fe en Cristo Jesús y no por obras, lo que sí está diciendo es que aquellos que son hijos del Padre Celestial tienen un comportamiento radicalmente diferente a los que no le conocen, hay una diferencia tan marcada que en su trato con los demás se ve el amor, y la misericordia de Dios la cual hace salir el sol sobre buenos y malos, y que hace llover sobre justos e injustos. Ese amor perfecto solo se encuentra en Cristo, y nuestra obediencia a este mandato tan difícil para la voluntad humana únicamente comienza a ser posible cuando somos transformados por Su graciaNuestro Señor Jesucristo es el ejemplo supremo de amor hacia los enemigos: mientras era crucificado, oró por quienes lo estaban matando, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Aquí vemos la manifestación máxima del amor sobrenatural, un amor que nos llama a vivir de manera distinta al mundo.

Eso es lo que se expresa en el v.46, donde nuestro Señor Jesús también nos recuerda que amar solo a quienes nos aman no tiene mérito especial. Amar solo a quienes nos hacen bien es lo que el mundo hace naturalmente; cualquier persona con una moral medianamente aceptable sabe hacer esto, pero lo que distingue a los hijos de Dios es un amor que va más allá, que refleja el carácter de Dios. Pensemos siempre en la pregunta que confronta en este verso: ¿qué hacéis de más? Sin duda esta pregunta nos hace reflexionar, Dios espera que como sus hijos hagamos más de lo que un hombre con una moral medianamente aceptable hace, no para salvarnos, de ninguna manera, sino porque por pura gracia y misericordia ya somos salvos, nos ha hecho nuevas criaturas, nos ha llamado sus hijos, por lo tanto, nuestra forma de vivir debe ser parecida a la de nuestro Padre. 

Finalmente, en el v.48 el Señor nos llama a la perfección. Pero la palabra usada aquí en el original griego es (téleioi), que significa completo, pleno, maduro. No: moralmente impecables sin ningún error, esto mientras estemos en este cuerpo será imposible, pero si implica madurez espiritual y consistencia en manifestar el amor sobrenatural hacia todos, incluso hacia los enemigos, tal como Cristo lo mostró. Es un llamado a dejar nuestros deseos y orgullo humano a un lado y escoger el ejemplo que Cristo mismo nos ha mostrado, a mostrar humildad, amor, misericordia, compasión, perdón, y gracia.

Mis amados hermanos, si examinamos nuestro corazón a la luz de este pasaje, veremos nuestra incapacidad. No podemos amar así por nuestras propias fuerzas. Necesitamos que el Espíritu Santo nos transforme, nos guíe y nos revista de la gracia que nos permite amar donde naturalmente no amaríamos. Este amor es evidencia de que somos hijos verdaderos del Padre, y el evangelio es la única fuente que nos capacita para vivirlo. Por eso, hoy más que nunca, debemos rogar con humildad: Señor, cambia nuestro corazón, haznos semejantes a Ti, capacítanos para amar a nuestros enemigos como Tú amas. Amén.

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