Miremos nuestras motivaciones

Mateo 6:1 “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”

En el día de hoy, si Dios lo permite, estaremos iniciando una nueva sección de este maravilloso sermón expuesto por nuestro Señor Jesucristo. Hasta este punto hemos venido observando cómo nuestro Señor describe el carácter del verdadero ciudadano del Reino de los cielos con las bienaventuranzas, la responsabilidad que tenemos de ser sal y luz en este mundo, vimos que la consecuencia lógica de vivir de esta manera será ser rechazados, señalados y perseguidos, y en la última sección vimos como Cristo mismo ha corregido interpretaciones humanas de la ley que se habían desarrollado con el paso del tiempo. Interpretaciones que habían reducido la obediencia a un simple cumplimiento externo mientras el corazón permanecía completamente ajeno a Dios. Las autoridades religiosas de la época habían construido un sistema religioso donde lo más importante era la apariencia de piedad, donde el énfasis no estaba en un corazón transformado sino en una conducta que pudiera ser vista, reconocida y admirada por los demás. Sin embargo, nuestro Señor vino a restaurar el verdadero significado de la ley, a mostrar el propósito real de la misma, el cual es llevarnos a Él, llevarnos a una total dependencia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Porque en nuestras fuerzas es imposible cumplir el estándar de un Dios Santo y Justo, solamente por medio de la Fe en Cristo Jesús podemos ser aceptados por Dios, y al hacerlo entonces como consecuencia de esa gracia y misericordia recibida entonces podemos revelar el verdadero carácter de aquellos que le pertenecemos a Él. Por esa razón, así como en el capítulo anterior Cristo expuso el verdadero significado de mandamientos como el homicidio, el adulterio y el amor al prójimo, entre otros, ahora en el capítulo 6 comienza a tratar otro problema profundamente arraigado en el corazón humano. Ya no se trata únicamente del problema de interpretar mal la ley, sino también del peligro de practicar la piedad o la religión con una motivación equivocada.

En primer lugar, notemos que el verso 1 inicia con una advertencia, dice “Guardaos”. Es decir, tengan cuidado, estén atentos, vigilen su propio corazón. Nuestro Señor sabe que el pecado que está denunciando aquí es extremadamente sutil. No se trata de un pecado escandaloso que el mundo condena fácilmente. No es un pecado visible como el robo. Se trata de un pecado que puede esconderse incluso dentro de la religión misma. Por eso Cristo habla de “hacer vuestra justicia”, refiriéndose a actos de devoción o prácticas religiosas que externamente parecen buenas. Son acciones que incluso pueden ser admirables ante los ojos de los hombres. Sin embargo, el problema no está en la obra en sí misma. El problema está en la motivación que la impulsa. Nuestro Señor dice que el peligro está en hacer estas cosas “para ser vistos por los hombres”. Aquí debemos detenernos por un momento, porque es importante entender bien lo que Cristo está diciendo. Mis amados hermanos Él no está afirmando que nunca debamos hacer algo bueno delante de otras personas. De hecho, en otra parte de este mismo sermón Él dijo en (Mateo 5:16) “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”. Entonces surge una pregunta natural: ¿hay contradicción entre estos dos pasajes? La respuesta es clara: no. La diferencia no está en la acción externa, sino en la intención del corazón. En un caso las buenas obras se realizan para que Dios sea glorificado. En el otro caso se realizan para que nosotros seamos admirados. Externamente puede parecer exactamente lo mismo, pero delante de Dios son dos cosas completamente diferentes. Por esa razón Cristo concluye este verso con una advertencia muy seria cuando dice que si actuamos de esa manera “no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”. Esto significa que una obra aparentemente buena puede perder todo su valor espiritual si se hace por orgullo o por deseo de reconocimiento. Dios no solo observa lo que hacemos; Dios examina también por qué lo hacemos. Él ve la intención más profunda del corazón.

Ahora bien, después de establecer este principio general, nuestro Señor pasa a presentar un ejemplo concreto en el verso 2. En el mundo judío ayudar a los pobres era considerado uno de los actos más importantes de piedad. Era algo bueno, algo correcto, algo que Dios mismo había ordenado en la ley. Sin embargo, incluso algo tan noble como ayudar al necesitado puede ser corrompido por el orgullo humano. Por eso Cristo advierte: “no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas”. Aquí aparece una palabra muy importante: hipócritas. La palabra usada en el original griego es (hypokritēs), Que significa actor teatral, intérprete de un papel en el teatro. Es decir, hacía referencia a un actor que representaba un papel y usaba una máscara para interpretar un personaje delante del público. Cuando nuestro Señor usa esta palabra está diciendo que estas personas actúan la religión. Su piedad no es genuina; es una representación. Es una actuación diseñada para ser vista por una audiencia. Por eso Cristo añade que hacen estas cosas “para ser alabados por los hombres”. Ese es el objetivo final de su conducta. No buscan glorificar a Dios ni servir verdaderamente al prójimo; buscan reconocimiento, prestigio y admiración. Y entonces nuestro Señor pronuncia una declaración profundamente penetrante: “De cierto os digo que ya tienen su recompensa”. Es decir, recibieron exactamente lo que estaban buscando. Si alguien da limosna con el propósito de recibir aplausos, entonces los aplausos son su pago completo. No habrá una recompensa adicional delante de Dios, porque su motivación nunca fue agradar a Dios. La recompensa que buscaban ya la obtuvieron, y con eso termina todo, no habrá nada más en la eternidad para ellos.

Sin embargo, nuestro Señor no se limita a denunciar la hipocresía; también nos muestra cuál debe ser la actitud correcta en el verso 3. Evidentemente no está diciendo que literalmente debamos olvidar lo que hacemos o que sea posible que una mano ignore lo que hace la otra. La idea es que nuestras obras de misericordia deben estar libres de ostentación y exhibición pública. Pero aún más profundamente, deben estar libres de autoexaltación. Porque existe otro peligro que muchas veces pasa desapercibido. No solo podemos hacer cosas para impresionar a otros; también podemos hacerlas para impresionarnos a nosotros mismos.Podemos realizar una obra buena y luego sentirnos secretamente orgullosos de nuestra generosidad. Podemos alimentar pensamientos como “qué buen cristiano soy” o “qué diferente soy de otros”. Pero la verdadera piedad no busca ni el reconocimiento externo ni la satisfacción del orgullo interno. La verdadera piedad nace de un corazón que ama a Dios y quiere glorificarle a Él sinceramente y que sirve al prójimo sin buscar gloria personal.

Finalmente llegamos al verso 4, donde Cristo presenta uno de los principios más consoladores de la vida cristiana. Aquí encontramos una esperanza y una motivación para nosotros como creyentes: Dios ve absolutamente todo, y de ninguna manera olvidará lo que de corazón hicimos para Su Gloria. Ahora, debemos ser muy cuidadosos mis amados hermanos porque, no es hacer algo buscando una recompensa, es buscar vivir piadosamente para honrar y agradar a Dios, esto en sí mismo ya es una recompensa, vivir para Dios, estar en comunión con El, ser aceptados por El, que El vea y apruebe lo que hacemos para Su Gloria ya es la mayor de las recompensas. Y El no olvidará lo que hagamos en secreto y de corazón sincero. No olvidemos que Dios ve absolutamente todo. Él ve nuestras intenciones, nuestros pensamientos y los deseos que impulsan nuestras acciones. Esto significa que la vida cristiana se vive delante de Dios y no delante de una audiencia humana. El creyente verdadero entiende que toda su vida se desarrolla bajo la mirada del Padre celestial. Y precisamente por esa razón nuestro Señor añade una promesa llena de consuelo: “tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”. Esto nos recuerda que nada de lo que se hace para Dios es insignificante. Aquello que nadie ve, aquello que nadie reconoce, aquello que nadie agradece, Dios lo ve perfectamente. Y lo que es aún más maravilloso es que Dios, en su gracia, promete recompensar aquello que fue hecho con un corazón sincero.

Por lo tanto, mis amados hermanos, cuando examinamos nuestro corazón a la luz de este pasaje descubrimos algo que debe producir en nosotros una profunda humildad. Todos nosotros de alguna manera luchamos con el deseo de reconocimiento. Todos nosotros somos tentados a buscar la aprobación de los hombres, de hecho según los psicólogos todos de alguna manera buscamos la aprobación o el ser aceptados, es nuestra naturaleza humana. Pero nuestro Señor Jesucristo nos llama a algo mucho más alto. Nos llama a vivir para una sola audiencia: nuestro Padre celestialNos llama a vivir para la Gloria de Su Nombre. (1 Cor 10:31). Cuando entendemos esta verdad, nuestra perspectiva cambia completamente. Ya no servimos para ser vistos por los hombres, sino para agradar a Dios. Ya no buscamos construir una reputación espiritual delante de otros, sino cultivar una relación sincera con nuestro Padre. Por eso hoy debemos examinarnos delante del Señor y pedir con humildad que Él purifique nuestras motivaciones. Debemos rogarle que nos libre del orgullo espiritual y que nos enseñe a servirle con un corazón sincero. Que podamos doblegar nuestra carne, nuestro orgullo y motivaciones pecaminosas. Y jamas olvidemos que el Dios que ve en lo secreto conoce cada obra hecha para su gloria y que, en su tiempo perfecto, Él mismo dará la recompensa. Amén.

Previous
Previous

¿Que motiva nuestras oraciones?

Next
Next

El verdadero sentido de la ley. Amad a vuestros enemigos.