¿Que motiva nuestras oraciones?

Mateo 6:6 “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensara en público”

 

Por la gracia y misericordia de Dios, la semana pasada vimos por medio de la Escritura que Dios no solamente ve lo que hacemos, sino que ve también porque lo hacemos. El ve directo al corazón, expone nuestras motivaciones más íntimas; y sin lugar a dudas vimos que el ciudadanos del Reino de los Cielos vive o anda en buenas obras como consecuencia de la obra de salvación, redención y nuevo nacimiento que Dios opera por medio de Su Palabra y la obra de Su Santo Espíritu en cada uno de nosotros, pero que aún esas buenas obras o obras de justicia deben tener una sola motivación, un único propósito: hacerlo todo para la gloria de Dios. En este mismo contexto, el día de hoy estaremos poniendo las bases para un tema vital en la vida de nosotros como creyentes: la oración

Mis amados hermanos vivimos en una época donde el deseo humano de exhibirse, darse a conocer, exponer su intimidad, buscar el reconocimiento, la admiración de los demás, se ha salido de control, ha superado ampliamente los límites de la ética, e incluso de la razón. El mundo en el que vivimos es un mundo de vanidad, de apariencia, que busca impresionar, ganar likes a costa de lo que sea, incluso arriesgando hasta su propia integridad física y emocional. La búsqueda de reconocimiento y admiración que alimentan el orgullo humano es la ley que reina en los comportamientos de millones de personas, y tristemente de muchos que se autodenominan cristianos. Incluso se ha corrompido algo tan piadoso y tan puro como debería ser la oración. El día de hoy veremos que es posible aparentemente practicar la oración y no estar realmente hablando con Dios, es posible incluso usar un lenguaje piadoso y elaborado, adoptar posturas físicas religiosas como levantar las manos o el tono de voz y aún así no estar en comunión con Dios. 

En primer lugar, el versículo 5 nos dice: “Y cuando ores”. Aquí debemos detenernos un momento para notar algo fundamental: Jesús da por hecho que sus discípulos oran; no les dice “si oras”, sino “cuando ores”, lo que indica que la oración es una práctica esperada en la vida del creyente.Y más que esto, es un mandato (1 Tesalonisenses 5:17). Sin embargo, aún en la oración puede surgir un pecado del cual debemos estar atentos: el deseo de ser vistos y alabados por los hombres. Este es un pecado extremadamente sutil porque no es escandaloso ni evidente para los demás. Como aprendimos la semana pasada, la palabra “hipócritas” en el original griego es hypokritēs, que significa literalmente actor teatral, alguien que interpreta un papel. Jesús está señalando que hay personas cuya oración es más una actuación diseñada para impresionar, que un diálogo sincero con Dios. Por eso es tan importante comprender que el problema no es la acción externa, sino la motivación que la impulsa. Podemos realizar actos de devoción que parecen buenos, pero si el corazón no está alineado con Dios, esas obras pierden todo valor espiritual. En otras palabras, al orar como el texto expone “para ser vistos de los hombres” estaremos pecando y perdiendo nuestro tiempo. Mis amados hermanos este pasaje nos enseña que la verdadera espiritualidad no depende de la visibilidad ni del reconocimiento externo, sino de la autenticidad del corazón, de la sinceridad de nuestras palabras para nuestro Dios, la oración más que hablar con El, debería ser humillarnos delante de Él, con verdad, con humildad, el hablar con Dios es un privilegio que nunca nos ganamos, ni que merecimos por causa nuestra, es fruto de la obra de nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo quien con su muerte rasgó el velo del templo, rompió todo obstáculo que nos separaba de nuestro Creador, y ahora podemos “acercarnos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” Hebreos 4:16.

En segundo lugar, notemos en el versículo 6 tres expresiones o palabras que nos sugieren un mismo concepto: “entra en tu aposento”, “y cerrada la puerta”, “secreto X2”. Estas tres referencias en un mismo verso crean un énfasis absoluto en la privacidad, intimidad, en el secreto con Dios. Nuestro Señor no está aquí prohibiendo de ninguna manera el orar en público, de hecho Él mismo lo hizo en repetidas oportunidades durante su ministerio, lo que sí está diciendo el verso es que la oración debe tener como único receptor a nuestro Dios, debe ser un acto sincero y exclusivo entre Él y usted, entre Él y yo, un acto verdadero, sincero, genuino, auténtico, aún cuando se haga en un lugar público. Ahora, también es una invitación a entrar en el secreto con Dios, en lo más íntimo de tu casa, a solas con Él todos los días, sin duda la autenticidad se revela en lo secreto. Cuando desaparece la audiencia, se expone la realidad del corazón. En lo secreto, no hay a quién impresionar, no hay reconocimiento que ganar, solo la presencia de Dios y nuestra sinceridad ante Él. Aquí encontramos una enseñanza central; la verdadera vida cristiana se prueba cuando nadie ve, y esto es lo que Dios realmente valora. Dios mira el corazón más que las acciones, y Él conoce nuestras intenciones más profundas. De ninguna manera el creyente verdadero busca la aprobación de los hombres porque vivimos es delante de Dios, y esto nos invita a examinar cada obra, cada palabra y cada oración para que estén motivadas por la fidelidad a Él y no por nuestra autoexaltación.

En tercer lugar, en el versículo 7, Jesús advierte contra la oración mecánica. Esto nos enseña que la cantidad de palabras no produce espiritualidad o efectividad, y que la oración repetitiva sin corazón, sin pensar en lo que decimos, es vacía. En este punto probablemente venga a nuestra mente nuestra vida pasada cuando practicábamos el catolicismo, o podríamos señalar a determinados grupos religiosos que practican este tipo de repeticiones. Pero nuestro Señor Jesucristo está exponiendo algo aún más profundo; piensa en tu oración por los alimentos por ejemplo, o cuando te vas a dormir, o al despertar, o cuando oras por un enfermo. Los seres humanos cuando hacemos una actividad de manera repetitiva tenemos la tendencia a hacerlo casi de manera automática, sin poner nuestro sentidos en lo que hacemos o decimos al 100%. Si encuentras que tus oraciones en los ejemplos anteriores siempre son las mismas, repites las mismas palabras, o las dices de manera mecánica y sin poner en ellas el 100% de tu corazón y tu razón, entonces podrías estar cayendo en esto que Cristo está condenando en este verso.

Finalmente, el versículo 8 nos muestra otra verdad absoluta: Dios ya conoce nuestras necesidades. Así es mis amados hermanos, Él es omnisciente, es decir, Él lo sabe todo, de hecho no ha salido una sola palabra de nuestra boca y ya Él ya la sabe toda (Salmo 139:4). Asi que, la oración no es para informar a Dios, sino para alinear nuestro corazón con Él, alinearnos a Su Voluntad, para depender de Él y para experimentar Su presencia. Por eso, cuando oramos, nuestra motivación debe ser la relación con Él, la humildad, la dependencia y el deseo de agradarle, no la visibilidad o el resultado externo. La oración se convierte en un ejercicio de intimidad con Dios, un acto de rendición del corazón y un reflejo de confianza en Su soberanía y bondad.

Mis amados hermanos al reflexionar sobre este pasaje debemos reconocer que todos luchamos, en mayor o menor medida, con el deseo de aprobación humana, con las repeticiones automáticas, o con la falta de oración o una muy poca frecuencia en la misma. La tendencia a buscar reconocimiento es parte de nuestra naturaleza caída, pero Jesús nos llama a vivir para agradar a Dios únicamente, buscando Su gloria en secreto, derramando nuestro corazón en sinceridad y verdad delante de Él. Debemos pedirle al Señor que purifique nuestras intenciones, que nos libre del orgullo espiritual y nos enseñe a orar con un corazón completamente rendido. Recordemos que Dios ve en lo secreto, conoce cada obra hecha para Su gloria, y en Su tiempo perfecto, nos dará la recompensa que solo Él puede dar. Por eso, mis amados hermanos, que nuestra vida, nuestras oraciones y cada obra que realicemos sean motivadas únicamente por la fidelidad y amor a nuestro Padre celestial, sabiendo que la verdadera recompensa de la vida cristiana está en Su aprobación y comunión con Él aquí en la tierra y por la eternidad. Amén.

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