El verdadero sentido de la ley. El adulterio.

Mateo 5:28 “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”

La semana pasada por la misericordia de Dios iniciamos una nueva etapa en este estudio del poderoso sermón expuesto por nuestro Señor Jesucristo, una etapa en la cual El expone el verdadero sentido de la ley, el cual no es meramente externo, sino que es mucho más amplio, la ley es espiritual. El mensaje que nuestro Señor Jesucristo estaba exponiendo parecía extraño para muchos en aquel tiempo. No porque fuera nuevo, sino porque confrontaba directamente una religión superficial, una religión que había reducido la ley de Dios a lo externo, a lo visible, a lo medible. Por eso Jesús aclara que Él no vino a abrogar la ley, ni a romperla, ni a anularla, sino a cumplirla, a restaurar su verdadero significado y a confrontar la interpretación legalista que se había transmitido por generaciones.


En este contexto inicia el versículo 27, con algo que era claro para todos los oyentes: No cometerás adulterio. Un mandamiento que no tiene discusión alguna en cuanto a su claridad, incluso el adulterio era visto como algo muy malo hasta por personas no creyentes, algo que sin lugar a dudas pasa también en nuestros días, alguien moralmente correcto, así no sea creyente,  sabe que el adulterio está fuera de lugar. Pero aquí está el problema: el corazón humano aprendió a manejar la ley de tal manera que podía sentirse justo sin serlo. Esto fue lo mismo que pasó con el mandamiento de no matarás, los religiosos se creían justos porque no habían asesinado a nadie, pero en su interior estaban llenos de rencor, enojo, y estaban atesorando ira en sus corazones contra su prójimo. Mis amados hermanos, cuando la ley se reduce a una acción externa, el hombre siempre encuentra refugio en la comparación: “yo nunca hice eso”, “yo nunca crucé esa línea”, “yo no soy como otros”.

Así, la ley deja de ser un espejo que revela el pecado y se convierte en un escudo de autojustificación. Pero la ley de Dios no fue dada solo para regular la conducta externa. Procede del carácter santo de Dios, nos muestra quien es El y nos revela cuál es nuestra condición y cuán necesitados estamos de un Salvador. Por eso siempre fue espiritual, siempre apuntó al corazón, siempre demandó una obediencia interna. Cuando la ley se entiende solo externamente, produce orgullo, falsa seguridad y una religión que aparenta piedad, pero carece de una vida espiritual real.

Ahora, en el verso 28 al igual que vimos la semana pasada, nuestro Señor Jesucristo no está corrigiendo la ley, El está corrigiendo la manera errada de entenderla, El nos lleva directamente al centro del problema: el corazón (Marcos 7:21-23). No se trata de una mirada involuntaria. No se trata de una tentación momentánea. Se trata de una mirada que se sostiene, de un pensamiento que se alimenta, de un deseo que se consiente. El texto es claro y nos advierte: “para codiciarla” habla acerca de la voluntad. Mis amados hermanos aquí tenemos una verdad fundamental: el pecado no comienza en el acto, comienza en el consentimiento interior. No comienza en el acto, comienza en el corazón.

Miremos el ejemplo del primer pecado en el jardín del Edén con Adán y Eva en Génesis 3. Allí vemos claramente que el pecado no inició cuando Eva comió del fruto, el pecado nació cuando Eva decidió no creerle a Dios, y creerle a una voz extraña que le estaba diciendo algo contrario a la Voluntad manifiesta de Dios. El no creerle a Dios fue su primer pecado, algo interior, algo que nació en su corazón y que luego se vió exteriorizado en el acto físico de la desobediencia al comer del fruto. Este es el mismo principio que nuestro Señor Jesucristo está exponiendo en estos versículos. Dios no evalúa la vida solo por lo que los demás ven. Él juzga pensamientos, motivaciones y deseos. El adulterio del corazón es tan real delante de Dios como el adulterio físico, porque ambos nacen de una rebelión interna contra Su voluntad.

Este texto destruye una mentira muy común: “Mientras no lo haga, estoy bien”. Jesús dice: no. El problema es más profundo. El problema no es solo lo que haces, sino lo que amas. Preguntémonos mis amados hermanos quien gobierna nuestros corazones, nuestros pensamientos nuestras intenciones? A quien amamos más, a nosotros mismos, a nuestra carne, a la autocomplacencia, o a nuestro Señor?. Ahora, ¿Quién puede decir que su corazón ha sido perfectamente puro? Nadie. Y ese es precisamente el propósito de la ley: dejarnos sin excusas y llevarnos de rodillas al trono de la gracia. Cuando la ley es entendida correctamente, no produce orgullo, produce quebrantamiento. No nos lleva a compararnos con otros, sino a examinarnos delante de un Dios santo, y sin duda nos lleva a decir: “Señor, si tú juzgas el corazón, necesito de tu misericordia”.

Por ultimo, al inicio de los versos 29 y 30 vemos un conector, “por tanto” y estas palabras son de suma importancia, ya que nuestro Señor Jesucristo no solo expone el pecado; nos muestra también cómo tratarlo. Miremos el lenguaje utilizado, es completamente radical porque el peligro es real, está en juego nuestra alma. Jesús no está promoviendo la mutilación física, sino una guerra sin tregua contra el pecado. Sin dudas la santidad cuesta. Implica renuncia. Pero ninguna renuncia es comparable con perder la comunión con Dios. Estas palabras nos llevan a ser radicales con todo aquello que nos lleva al pecado, no tratarlo con paños tibios, no consentirlo y pensar que lo tenemos bajo control, no, de ninguna manera. 

No basta con decir: “sé que esto está mal”. La fe verdadera toma decisiones concretas. Corta caminos, elimina hábitos, establece límites, reconoce debilidades. No para alcanzar la salvación, la cual sabemos que no es por obras, sino por gracia por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo, sino porque el que ha nacido de nuevo, el que ha recibido un corazón limpio, anhela, desea con todas las fuerzas de su ser la obediencia y la santidad. La disciplina externa no nos salva, pero pensar que la gracia nos permite ser indulgentes con el pecado también es un grave error. La gracia verdadera no nos hace pasivos, nos hace vigilantes, prudentes, obedientes, nos hace luchar contra el pecado que vive en nuestra carne, del cual ya no somos esclavos. Ahora, si este pecado es tan grave también debemos tomar decisiones radicales en nuestra manera de vestir, que no invite al pecado, que no incite a los malos pensamientos ni el adulterio mental, tengamos mucho cuidado con esto mis amados hermanos y hermanas, porque miremos lo que dice la escritura en (Mateo18:6).

Este pasaje nos confronta profundamente, pero no nos deja sin esperanza. Cristo es el único que obedeció perfectamente este estándar. Vivió con un corazón absolutamente puro delante del Padre. La justicia que este texto exige no nace en nosotros, nos es concedida en Él. Y esa justicia produce una vida transformada, una vida que ya no hace las paces con el pecado, sino que vive en una lucha diaria contra el.

Mis amados hermanos, hoy Dios nos ha mostrado por medio de Su Palabra que El juzga el corazón, que el pecado comienza en los deseos y en consentir y prestar nuestra voluntad a ellos, que la religión externa no salva, que el pecado debe ser tratado con radicalidad, que nadie puede justificarse a sí mismo, y que Solo Cristo puede salvarnos, Y esa gracia produce una vida de santidad real

Que el Señor nos conceda un corazón humilde, sensible a Su Palabra, dependiente de Su gracia, y dispuesto a vivir para Su gloria.

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