El verdadero sentido de la ley. El divorcio.
Mateo 5:31 “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.”
Durante estos últimos domingos hemos estado estudiando acerca de la ley desde su punto de vista esencial, desde su verdadero significado. Hemos visto que nuestro Señor Jesucristo expresa claramente que El no vino para abrogarla, sino para cumplirla, no para cambiarla, sino para dar su verdadero significado. Lo descubrimos cuando estudiamos el mandamiento de “no matarás” y entendimos que no se trata de una acción meramente física como tal, sino que Cristo va a la raíz del problema, el corazón. Lo mismo con el adulterio, el Señor no se queda en el acto físico como tal sino que también expone la raíz, el corazón, los pensamientos, los deseos de nuestra carne. La ley de Dios nos muestra quien es El, y sin duda quienes somos nosotros; al mirarnos en ella como en un espejo nos deja en el lugar correcto; en un lugar de total dependencia de un Salvador, en arrepentimiento y humildad, necesitados de Su misericordia y Su gracia. En este mismo contexto el Señor Jesús sigue hablando pero ahora de un tema que durante milenios ha sido malinterpretado y distorsionado incluso desde los tiempos del Antiguo Testamento: el divorcio. Pero antes de iniciar recordemos; nuestro Señor Jesucristo vino a confrontar la dureza del corazón humano y a mostrar el diseño original de Dios. Y en esto nos vamos a centrar en este estudio, no vamos a juzgar un caso en particular, sino que estudiaremos las verdades Bíblicas con respecto al divorcio.
Y para empezar debemos remitirnos a la ley a la cual hace referencia el texto, (Deuteronomio 24:1) La palabra hebrea para “indecente” es (erváh), la cual no significa adulterio, sino desnudez, vergüenza, exposición, algo vergonzoso o una falta grave, pero que no necesariamente alcanza la gravedad del pecado de adulterio. Recordemos que el adulterio se castigaba con la muerte (levítico 20:10), así que esta ley no se refería a adulterio, ya que no se daba carta de divorcio a alguien que debía ser era ejecutado.
Pero, la dureza del corazón humano hizo que los líderes judíos comenzaran a dar cartas de divorcio por cualquier razón: por quemar la comida, por mal aliento, porque no le gustó más físicamente, incluso por inconformidad personal o simples molestias. Mis amados hermanos, lo que debía ser una medida de protección hacia el vínculo establecido por Dios, se convirtió en un instrumento de abuso y egoísmo, se casaban, disfrutaban de la juventud de su esposa, abusaban de ellas, las utilizaban y luego por cualquier razón simplemente le daban una carta de divorcio sin importar el vínculo, la familia, los hijos, sin importarles absolutamente nada y decían aquí todo está bien, no he pecado, no he roto la ley porque le di su carta de divorcio, que hipocresía, que doble moral. Tenemos evidencia histórica de esto en la vida de Flavio Josefo por ejemplo, un historiador judío del siglo I, quien en su autobiografía relata que se divorció de su esposa porque “no estaba conforme con su conducta”. No expone razones de adulterio, ni de pecado grave; solo inconformidad. Esto nos muestra claramente cómo la ley había sido corrompida de su propósito original.
El anterior fue un ejemplo histórico, pero ahora veamos uno Bíblico, cuando los fariseos se acercan a Jesús con la pregunta: “¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?” (Mateo 19:3), estaban poniendo en evidencia esta corrupción. Con estas palabras expusieron la práctica común de aquellos días. Pero Jesús, como siempre, confronta el corazón, y nos lleva al diseño original de Dios: (Mateo 19:4) no va a la ley, ni a Moisés, va directamente al origen, al propósito mismo con el cual Dios establece el matrimonio. Mis amados hermanos, aquí Jesús nos recuerda que el matrimonio no es un simple contrato humano, sino un pacto creado por Dios, y que Él aborrece el divorcio (Malaquías 2:16) porque destruye lo que Él mismo estableció, porque deja hijos destrozados, peleas interminables, rencores, heridas que no cierran, divisiones, dolor, sufrimiento, traumas, etc, etc, etc. Cristo expone que el problema no es la ley, sino el corazón humano que la manipuló, el problema no es cumplir un trámite legal dando una carta de divorcio, el problema es moral, está en el corazón del ser humano, en su depravación y su falta de rendición completa a Dios.
Pero este pasaje nos muestra mucho más; nos deja en claro que Dios es el que junta al hombre y la mujer en el vínculo del matrimonio (v6) y que lo que Él juntó no lo separe el hombre. Esta afirmación es contundente. No obstante, aquellos fariseos le cuestionan entonces porque Moisés mandó a dar carta de divorcio? Notemos nuevamente la palabra que ellos usan lo cual pone al descubierto sus corazones, y nuestro Señor Jesús les dice Moisés no les mandó, les permitió que es muy diferente, y da la razón, por la dureza de vuestro corazón! Y vuelve a hacer énfasis en el origen, diciendo pero al principio no fue así.
Ahora, desde el v.9 nuestro Señor Jesucristo expone una excepción: “excepto por causa de porneía”. La palabra griega porneía se refiere a inmoralidad sexual grave, algo que rompe el pacto matrimonial. Mis amados hermanos, esto es vital: no existe justificación para divorciarse por enojo, inconformidad, comodidad o conveniencia. Estas causas banales y superficiales son una corrupción de la ley de Dios y una traición al pacto que Él estableció. Aquí encontramos un principio fundamental: el divorcio nunca es el ideal; es siempre un resultado del pecado humano, y la excepción establecida por Jesús no es una puerta abierta para escapar del compromiso, sino un límite que protege lo que es vulnerable y sagrado. Desde (Génesis 2:24), el diseño original de Dios es claro. Mis amados hermanos, este diseño muestra unidad total, exclusividad y permanencia. Dios nunca planeó que el matrimonio fuera temporal ni condicionado a nuestra satisfacción personal. Por eso, cuando Moisés permitió el divorcio, lo hizo como concesión a la dureza del corazón, no como aprobación del pecado ni de la desobediencia. Jesús lo deja en claro: lo que Dios unió, el hombre no debe separarlo (Mateo 19:6).
Ahora, que pasa si la vida de una mujer está en peligro porque su esposo la golpea, o abusa de ella, o pone en riesgo la vida de sus hijos, entre otros casos graves en los cuales el cónyuge actúa como un no creyente, y que tal vez no entren en la excepción expuesta en este texto por nuestro Señor Jesucristo? Sin duda duda alguna Dios no aprueba el quedarse en una relación cuando la vida está en peligro, si vemos en 1 Corintios 7:5-17 con detenimiento allí encontramos la forma en la que se debe preservar la vida en paz, el apóstol Pablo habla de la separación en casos graves, lo cual, no contradice lo expuesto en los párrafos anteriores, sino todo lo contrario, lo reafirma, ya que nos lleva al mismo punto: casos graves, de ninguna manera el gusto por una mujer o hombre más joven, una incompatibilidad de caracteres, un disgusto por la comida, entre muchas otras causales vanas y superficiales que resaltan a nuestros ojos día a día.
Nuevamente este texto nos lleva al mismo lugar de los anteriores sermones: La verdadera justicia, no es externa; es interna, es fidelidad, es obediencia al pacto de Dios desde lo profundo del corazón. Dios no juzga meramente actos visibles; Él examina pensamientos, motivaciones y deseos. Mis amados hermanos, reflexionemos: el divorcio no debe ser considerado como una opción regular ni como una salida conveniente. La excepción es estricta, y limitada a la inmoralidad grave o situaciones de vida o muerte. Cualquier razón banal no solo es injustificada, sino que contradice la intención original de Dios, la práctica de divorciarse por inconformidad personal, como hicieron algunos en aquellos tiempos y que siguen haciendo en nuestros días no tiene respaldo en el diseño Divino, a pesar de que el hombre intente buscar salidas fáciles y justificaciones para lo injustificable, Dios no cambia, El es el mismo ayer, hoy, y por los siglos.
Mis amados hermanos roguemos al Señor que nos ayude en nuestro diario caminar, que fortalezca nuestros matrimonios y nos moldee conforme a Su preciosa Palabra para que en esa misma medida podamos ser los esposos y esposas conforme al modelo bíblico. Amén.

