El verdadero sentido de la ley: la ira

Mateo 5:22 “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.”

 

Luego de este pequeño receso para tocar temas importantes en Navidad y año nuevo retomaremos nuestro estudio secuencial del sermón expuesto por el Predicador de predicadores, por el Maestro de maestros, nuestro Señor Jesucristo. Hasta el momento hemos visto en Mateo 5 que Cristo expone el carácter espiritual del verdadero ciudadano del reino de los cielos por medio de las bienaventuranzas, hace énfasis en que un verdadero hijo de Dios nace de una pobreza de espíritu, de reconocer que no tenemos nada que nos haga merecedores de la salvación, sino que simplemente es por gracia por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo, que lloramos y nos lamentamos por el pecado que nos separa de Dios y venimos en arrepentimiento y lamento profundo delante de Su trono de gracia. Entre otras características que posee alguien que YA ha sido hecho un ciudadano del reino por gracia y misericordia Divina; tales como la mansedumbre, la misericordia, el deseo por la justicia, el corazón limpio, pacificadores. Y como resultado de vivir conforme a estas características dadas por Dios a nosotros sus hijos, sin duda vendrá una persecución, un choque frontal contra un mundo y una sociedad que se mueve bajo principios totalmente contrarios a los mencionados anteriormente. Por lo tanto, al vivir bajo estas características dadas por Dios debe haber una influencia inevitable en las personas que nos rodean, siendo sal de la tierra y luz del mundo. Ahora, este evangelio expuesto por Cristo parecía nuevo, o por lo menos no coincidía con lo que los maestros de aquel tiempo enseñaban, ya que ellos habían hecho énfasis en las apariencias, en que la ley era externa, pero Cristo aclara que no ha venido a cambiar la ley, ni a romperla, ni anularla, sino a cumplirla, a darle el verdadero significado, a confrontar la interpretación superficial y legalista de la ley y a restaurar su verdadero significado. 

En primer lugar, vamos  al verso 21, aquí Cristo no está simplemente repitiendo la Ley, sino mostrando cómo la Ley había sido reducida a un acto externo, a un cumplimiento superficial. El mandamiento original había sido no matarás, pero al agregarle “será culpable de juicio” de cierta manera lo limita a una acción externa, a un delito de homicidio físico. Pero nuestro Señor Jesucristo aquí va a sentar una base fundamental para el correcto entendimiento de la ley y que posteriormente el apóstol Pablo extendería en (Romanos 7:14): la ley es espiritual. Por esto Cristo no dice “la ley dice” sino “oisteis que fue dicho a los antiguos”, esto denota una tradición oral, “oisteis que fue dicho”, es decir, Cristo va en contra de la interpretación humana de la ley, no de la ley en sí, dada por Dios a Moisés, aquí está señalando a los hombres que por generaciones enseñaron oralmente una ley externa meramente, pero como siempre nuestro Señor va directo al corazón, nos recuerda que la Ley siempre es santa, justa y espiritual; el problema nunca fue la Ley, sino nuestra tendencia a confiar en lo visible, en lo externo. Esta enseñanza superficial producía orgullo y falsa seguridad. Muchos podían sentirse justos por no matar a nadie, mientras el corazón estaba lejos de Dios. Por eso, Jesús comienza confrontándonos con nuestra tendencia a medirnos por lo externo para que entendamos que la verdadera justicia no se encuentra en la apariencia, sino en la transformación del corazón.

Y es aquí cuando Jesús continúa diciendo: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio”. Aquí Jesús nos lleva más profundo: no es solo matar físicamente, sino que el enojo en el corazón ya nos hace culpables delante de Dios. En griego, la palabra usada es “orgē”, que no significa un enojo momentáneo, sino un estado persistente de ira que puede envenenar el corazón y producir pecado real. Es decir, esto no es simplemente un sentimiento, sino un pecado ante la santidad de Dios. Es un enojo que nace del orgullo, del amor propio herido, del yo que se coloca en el centro. Mis amados hermanos, no podemos engañarnos; el pecado comienza en el corazón mucho antes de hacerse visible. Así que preguntémonos: ¿hay enojo que hemos permitido crecer dentro de nosotros sin confesarlo a Dios ni buscar reconciliación? Recordemos “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26). Así que, el enojo persistente, “orgē”, es pecado delante de Dios. Pero el verso habla de una secuencia, un proceso, y continúa diciendo: “y cualquiera que diga a su hermano: Raca, será culpable ante el concilio”. Raca no es solo una palabra; es desprecio, es burla, es un insulto. No es una palabra griega, sino una expresión en arameo usada por nuestro Señor Jesucristo que todos allí la entendían por su uso cotidiano cuando se quería ofender a alguien, es decir, nos recuerda que lo importante no es la palabra exacta, sino el corazón que quiere lastimar, el despreciar al prójimo es despreciar la obra de Dios. Así que mis amados hermanos, el pecado del corazón se refleja en nuestras palabras y actitudes. No basta con controlar la boca; Dios quiere que nuestro corazón sea transformado. Si queremos vivir en verdadera justicia debemos permitir que Dios sane lo que hay dentro de nosotros, porque las palabras reflejan lo que hay en el corazón.

Ahora, Jesús no se detiene allí y nos dice con firmeza: “y cualquiera que le diga: Fatuo, será culpable del infierno de fuego”. Aquí vemos el punto más profundo del pecado: un corazón endurecido que se atreve a asumir el lugar de Dios para juzgar a otro ser humano. Fatuo ya no es solamente un insulto, es una sentencia, es un veredicto moral, es como tomar el papel de Dios y condenar espiritualmente a una persona. Pensemos por un momento, muchas veces creemos que mientras no haya daño físico estamos bien con Dios. Jesús nos confronta hoy con la verdad: la verdadera justicia comienza en el interior, en un corazón perdonado y transformado por la obra del Espíritu Santo. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Sin dudas, el pecado del corazón es grave y serio ante Dios.

En segundo lugar, nuestro Señor Jesús no se queda solo en la confrontación, sino que nos muestra la salida: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Aquí vemos que la reconciliación tiene prioridad incluso sobre el acto religioso más importante, Dios no acepta la adoración hipócrita, un corazón enojado que tiene ira o algo contra alguien que porta la imagen de Dios no puede adorar a Dios, eso no tiene sentido. Y notemos algo muy importante: Jesús dice “si tu hermano tiene algo contra ti”. No se trata de quién tiene la razón, sino de cómo honrar a Dios, y eso tiene que prevalecer, no es quien tenga que ceder, esto implica sin dudas doblegar nuestro orgullo, el punto esencial es poder estar a cuentas con Dios y darle honra y gloria a Su nombre incluso por encima de nosotros mismos. La verdadera gracia recibida de parte de Dios nos capacita para reconciliarnos unos con otros, incluso cuando no nos sentimos culpables, porque nuestra fidelidad a Dios debe ir por encima de nuestro orgullo. La reconciliación tiene prioridad sobre los rituales religiosos.

Por último, Jesús advierte: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante”. Hay algo cierto, seguro, el juicio Divino,  cuidémonos del endurecimiento del corazón cuando el pecado no es tratado. Mis amados hermanos, la misericordia de Dios  precede a Su juicio, y hoy es el momento, ahora mismo, para restaurar relaciones y vivir en paz con Dios y con nuestros hermanos. No dejemos que el orgullo o la ira retarden la reconciliación, porque el tiempo es breve y la oportunidad puede desaparecer. Recordemos, “Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). La reconciliación inmediata nos protege del juicio y fortalece nuestra relación con Dios.

Mis amados hermanos, este pasaje nos enseña verdades esenciales: La Ley es espiritual, Dios mira el corazón, la auto justificación nos impide el arrepentimiento, el enojo persistente es pecado, la religión externa no salva y la verdadera fe produce reconciliación y gracia activa para los demás. Que el Señor nos conceda un corazón humilde, una fe sincera y una vida que refleje Su gracia, sabiendo que solo en Cristo encontramos perdón, transformación y verdadera paz, y que eso que recibimos por gracia, también lo podamos dar de gracia para con quienes nos rodean.  

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