La sal de la tierra

Mateo 5:13 “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿Con que será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”

 

Hemos terminado nuestro estudio de las bienaventuranzas, el último domingo vimos que sin duda seremos perseguidos y rechazados por un mundo pecador y apartado de los valores que Cristo nos enseñó, y que precisamente esa es la razón de tal persecución; no somos como el mundo, no le pertenecemos, por eso el mundo nos aborrece, porque no somos del mundo sino de nuestro Señor Jesucristo. No obstante, también vimos que así el mundo nos rechace, lo que realmente importa es que en el cielo hemos sido aceptados por pura gracia y misericordia Divina. Todo aquel que es un verdadero ciudadano del reino de los cielos, será perseguido o rechazado por vivir y pensar consecuentemente con el carácter espiritual expuesto en las bienaventuranzas. Y a este grupo de personas y solo a este grupo de personas el Señor Jesucristo nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra”. 

Esta afirmación, mis amados hermanos, no es un mandato, sino una realidad. No es una meta a alcanzar, sino un hecho presente. No es una condición opcional, sino una declaración divina. Jesús no dice “Traten de ser sal”, ni dice “Algunos de ustedes serán sal”. Él declara con autoridad: “Vosotros sois la sal.” Es decir, si las bienaventuranzas describen nuestro corazón, entonces esta declaración describe nuestra misión en esta tierra. Si el Espíritu ha obrado en nosotros internamente, entonces habrá un impacto externo. Si Dios nos ha transformado por dentro, entonces esa transformación tendrá un efecto externo en un mundo que vive en tinieblas. Y aquí debemos detenernos, porque para entender estas palabras necesitamos entender primero que nuestro Señor Jesucristo enseñaba siempre por medio de situaciones y conceptos reales, conocidas por la gente del común para comprender el verdadero significado de su mensaje.

Así que, en primer lugar cuando Jesús dice “Vosotros sois la sal de la tierra”, Él da por sentado una realidad que la Escritura repite una y otra vez: el mundo está en descomposición moral, en una corrupción constante que no se detiene, que no mejora con educación, ni con filosofía, ni con cultura, porque el problema del hombre no es meramente social, es espiritual. Desde Génesis 6:5 se nos dice que la maldad del hombre era mucha sobre la tierra; en Romanos 1 vemos una humanidad entregada a sus pasiones; en Efesios 2 se nos muestra al hombre muerto en sus delitos y pecados. Y nuestro Señor Jesucristo usa la sal precisamente porque la sal se usaba en aquellos días y aún en los nuestros cuando hay descomposición y corrupción; donde no hay corrupción no hace falta sal. Y Jesús, al decirnos “sal”, nos está diciendo: Este mundo está en podredumbre espiritual, y mi pueblo está llamado a ser agente de preservación. El mundo está en tinieblas, está sin vida, sin dirección, sin verdad,  y Cristo nos ha puesto en medio de él como un preservante, que le estorbe a la corrupción y podredumbre de este mundo. 

La sal, en tiempos bíblicos, tenía su función principal en preservar la carne de la descomposición. Y así como la sal impide que lo que está muerto huela peor, así el creyente impide que la corrupción del mundo avance sin freno. Mis hermanos, un cristiano fiel en un lugar es como una barrera moral que Dios levanta para frenar la ola del pecado. Un creyente que vive en santidad frena, sin darse cuenta, el lenguaje vulgar en su trabajo; desalienta la injusticia; incomoda la maldad; hace que otros piensen dos veces antes de pecar con libertad. Así actúa la sal espiritual. Esto lo vemos muy claramente cuando interactuamos con personas no creyentes en nuestros trabajos o escuelas, en muchas ocasiones hasta se frenan al decir una mala palabra para no decirla frente a nosotros porque saben que nosotros como creyentes nos incomodamos, o dejan de hacer cosas frente a nosotros para evitar ser confrontados o que sus conciencias los empiecen a acusar. Donde haya un hijo de Dios viviendo en integridad, allí habrá una presencia que preserva, que incomoda, que detiene. Esta es nuestra misión, Cristo te puso donde estás para frenar lo que se descompone; para impedir que la inmoralidad avance sin freno; para testificar con tus palabras y aún sin ellas, que Dios es Santo.

En segundo lugar es importante entender que la sal no solo preserva, también da sabor. El cristiano no es solo un freno a la corrupción; es también un testimonio de que la vida en Cristo tiene sabor, propósito, belleza, plenitud. Este mundo vive buscando satisfacción en placeres que no llenan, en honores que no perduran, en tesoros que se oxidan. Pero cuando un verdadero creyente vive su fe con gozo, cuando muestra la paz que Cristo da en medio de la tormenta, cuando muestra su integridad en medio de la corrupción de la sociedad, cuando muestra esperanza aún cuando está pasando por situaciones difíciles, ese creyente está mostrando al mundo que Dios es bueno, que Cristo es suficiente, que el evangelio tiene sabor. Jesús dijo en Juan 10:10: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Y el verdadero ciudadano del reino de los cielos jamás se olvida de esa vida en abundancia que Cristo nos ha dado aquí y ahora y que se perfeccionará en la eternidad por los siglos de los siglos. Esta es nuestra esperanza y lo que le da sentido a nuestra vida. Cristo le ha dado sentido a nuestra existencia, por El somos la sal de la tierra. Literalmente Cristo es nuestra vida, veamos Colosenses 3:4. Este verso afirma literalmente que El es nuestra vida, quien es la fuente y le da sentido a la misma. Que sería de nosotros sin nuestro Señor Jesucristo? Seríamos unos miserables condenados al castigo eterno, no habría propósito en nosotros, no tendríamos esperanza, estaríamos muertos espiritualmente. Así mismo en este verso nuestro Señor Jesucristo nos dice que somos la sal de la tierra, para que le compartamos este sentido a todos los que están en esa condición de condenación, esta es nuestra misión, no solo preservar, sino también proclamar a aquel que le ha dado sabor y sentido a nuestra existencia, nuestro Señor Jesucristo, para que otros también procedan al arrepentimiento por medio de nuestra predicación. 

Por último, este verso también trae una advertencia de nuestro Señor Jesucristo: “Si la sal se desvaneciere” Jesús nos dice que hay un tipo de vida cristiana que pierde su utilidad, que pierde su poder preservador, que pierde su sabor, que deja de impactar. Esta es una advertencia muy fuerte, porque señala que un creyente puede, por mezcla con el mundo, perder su influencia, perder su misión. La pregunta sería ¿Cómo se desvanece la sal? Cuando el creyente compromete la verdad, cuando calla donde debe hablar, cuando prefiere la aceptación del mundo antes que la aprobación de Dios, cuando se conforma a la cultura, cuando pierde su primer amor, cuando vive una fe sin convicción, tibia, superficial. Una sal mezclada con impurezas ya no sirve para preservar; una iglesia mezclada con el mundo no puede transformar nada; un cristiano sin santidad no frena la corrupción.

Jesús dice que esa sal “no sirve para nada sino para ser echada fuera y hollada.”, el texto hace referencia a la pérdida de su utilidad, el creyente que se mezcla con el mundo y pierde sus cualidades distintivas que lo diferencian de los impíos, pierde su utilidad, será echado y pisoteado. Esta es una advertencia muy fuerte de parte de nuestro Señor, pero al mismo tiempo una realidad que debe abrir nuestros ojos y servir como una motivación para mantenernos en integridad, en humildad y sometimiento a nuestro Dios. El peligro de nuestra generación es que muchos quieren ser aceptados por el mundo antes que ser útiles para Dios. Pero Cristo dice claramente: “Si pierdes tu sabor, pierdes tu utilidad”. Dios en su infinita misericordia quiere usarnos para Su Gloria; Jesús no dijo: “Podríais ser la sal”, ni “Tal vez lleguen a ser la sal.” Él dijo: “Vosotros sois la sal.” Esto significa que nuestra identidad determina nuestra misión. Si has nacido de nuevo, eres sal. Si el Espíritu Santo habita en ti, eres sal. Si Cristo te salvó, eres sal. Y si eres sal, tu vida no puede pasar desapercibida. El mundo necesita tu integridad. Tu hogar necesita tu fidelidad. Tus hijos necesitan ver tu santidad. Tu trabajo necesita tu luz. Dios te puso exactamente donde estás porque allí hace falta preservación, hace falta sabor, hace falta verdad. Tu vida, en las manos de Dios, tiene un peso eterno en aquellos que te rodean.

Así que hoy, mis amados hermanos, debemos examinarnos a la luz de esta enseñanza ¿Estamos siendo realmente sal? ¿Estamos preservando o nos estamos mezclando? ¿Estamos dando sabor o estamos viviendo una fe insípida? ¿Estamos mostrando a Cristo o estamos diluyendo el evangelio para evitar rechazo? ¿Somos una influencia santa o hemos perdido nuestro testimonio? Jesús nos llama a una vida de santidad y de impacto. Una vida que detiene la corrupción moral del mundo, que muestra la belleza del Reino de los Cielos, que proclama la fidelidad de Dios, que permanece firme aun cuando la sociedad se desintegra.

Vosotros sois la sal de la tierra. Vivamos como tal, para la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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