La soberanía de Dios y el caracter de una madre piadosa
1 Samuel 1-2
Por la gracia y la misericordia de nuestro Padre celestial, el dia de hoy estaremos estudiando un pasaje extraordinario que nos muestra el carácter de una verdadera madre piadosa. En un mundo en donde los valores de la mujer de Dios parecen pasar de moda, donde se le ha restado valor al rol fundamental que ocupa una madre en la familia, es muy importante que nosotros como creyentes entendamos la relevancia, la importancia y la bendición de tener una madre temerosa de Dios que practica una vida conforme al modelo Bíblico.
Para esto iremos a 1 Samuel 1, y lo primero que nos encontramos es una familia marcada por el dolor, la tensión y las consecuencias de vivir en un mundo caído. Elcana tenía dos mujeres: Ana y Penina. Y aunque el texto deja ver claramente que Elcana amaba de manera especial a Ana, también deja ver algo que la Escritura muestra repetidamente: cuando el diseño de Dios es alterado, inevitablemente aparecen consecuencias dolorosas. Desde Génesis el diseño Divino siempre fue un hombre y una mujer unidos delante de Dios (Génesis 2:24), pero cada vez que la poligamia aparece en la Escritura, aparecen también rivalidades, conflictos, heridas emocionales y división familiar. Y esto es importante entenderlo porque la Biblia muchas veces describe cosas que ocurrieron, sin necesariamente aprobarlas. De hecho Dios en Su misericordia nos las dejó escritas para que aprendamos que siempre el salirnos de Su Perfecta voluntad trae consecuencias dolorosas para nosotros. Pero aun así, en medio de esta familia imperfecta, vemos también algo muy humano: Elcana parece haber sido un hombre que procuraba adorar a Dios continuamente. Y esto nos recuerda algo importante mis amados hermanos: aun hombres y mujeres piadosos siguen siendo personas imperfectas que necesitan desesperadamente arrepentimiento y gracia de parte de Dios. La historia bíblica nunca presenta héroes perfectos; presenta pecadores sostenidos por la misericordia Divina, el Único de quien se muestra perfección absoluta es de nuestro Señor Jesucristo.
Ahora, el centro del sufrimiento en este hogar era que Penina tenía hijos, pero Ana no. Y para nosotros hoy podría parecer simplemente una dificultad personal o médica, pero en aquella cultura la esterilidad cargaba un peso emocional, social y espiritual muchísimo más profundo. La maternidad estaba estrechamente ligada a la promesa de un Salvador, al honor, a la estabilidad futura de la familia entera, entre otros. Por eso la esterilidad era vista prácticamente como una vergüenza pública. Pero no es coincidencia que muchas mujeres en el relato Bíblico fueran estériles; Sara fue estéril. Rebeca fue estéril. Raquel fue estéril. Elisabet fue estéril. Y ahora Ana también es estéril. La pregunta sería ¿Por qué? Sin duda alguna Dios está enseñando una verdad Bíblica fundamental: la vida no surge del poder humano, sino de la gracia soberana de Dios. Ahora, esto no elimina el dolor de Ana. El texto dice que Penina la irritaba constantemente. Año tras año era una humillación continua, lo que nos deja ver que la Escritura jamás romantiza el sufrimiento humano. Ana llora, se quebranta, pierde incluso el deseo de comer. Y esto es importante entenderlo porque muchas veces existe la idea equivocada de que la espiritualidad elimina automáticamente el dolor emocional. Pero la realidad es que la piedad genuina no significa ausencia de sufrimiento. Significa aprender a sufrir correctamente delante de Dios. Mis amados hermanos la característica de una mujer piadosa no es ausencia de dolor, sino la capacidad de poner en la dirección correcta ese dolor. Ana no endurece su corazón contra Dios. No convierte su sufrimiento en amargura permanente. No responde destruyendo a quienes la rodean. Ella lleva su quebranto delante del Señor. Y aquí encontramos una aplicación profundamente necesaria para nuestros días porque vivimos en una generación gobernada por la autosuficiencia, el control y la ansiedad constante. El ser humano cree que puede controlar su vida, sus planes, su futuro, sus hijos, sus resultados. Pero Dios frecuentemente permite situaciones que destruyen esa ilusión de control para llevarnos al lugar correcto: dependencia absoluta de Él como lo estuvimos aprendiendo la semana pasada.
Ana entonces lleva su dolor y sufrimientos delante de Dios, ella derrama su corazón delante del Señor. Sus labios se mueven, pero no sale voz. Y el sacerdote Elí incluso piensa que está ebria. Pero Ana no está bajo los efectos del alcohol, Ana está quebrantada delante de Dios. Y qué importante es entender esto mis amados hermanos: una mujer piadosa no es aquella que nunca se siente débil, sino aquella que sabe dónde llevar su debilidad. Pero no podemos pasar por alto un detalle muy importante que el texto nos muestra en los v6 y 7 “Jehová no le había concedido tener hijos”. Eso significa que la situación de Ana no estaba fuera del control de Dios. Y aunque eso levanta preguntas difíciles en nuestra mente, también nos recuerda algo muy importante: el sufrimiento del creyente jamás ocurre fuera de la soberanía de Dios. Esto de ninguna manera significa crueldad divina. Significa propósito Divino, El sabe que está haciendo con cada uno de Sus hijos, sin duda alguna nuestro Padre sabe lo que debe formar en cada unos de nosotros, al igual que sabe los medios que va a usar para hacerlo. Sin lugar a dudas muchas veces nosotros queremos soluciones inmediatas, cambios rápidos y respuestas visibles. Pero frecuentemente Dios está haciendo algo mucho más profundo que simplemente cambiar nuestras circunstancias. Dios no solamente estaba preparando el nacimiento de Samuel; Dios estaba formando el corazón de Ana. Y esto es algo que nosotros olvidamos constantemente: muchas veces Dios está más interesado en formar nuestro carácter que en eliminar inmediatamente nuestras circunstancias adversas. Y al parecer Ana llega exactamente a ese grado de entendimiento. Después de orar, el problema externamente todavía no había cambiado. Samuel aún no había nacido. Las circunstancias seguían iguales. Pero el texto nos muestra algo hermoso: su semblante ya no estuvo más triste. ¿Por qué? Porque la verdadera paz bíblica no depende primero del cambio de circunstancias, sino de haber descansado nuestras cargas delante del Dios soberano.
Ahora, si observamos con detenimiento en su oración Ana hace algo extraordinario. Ella pide un hijo, pero al mismo tiempo promete entregarlo completamente al Señor. Y aquí aparece una de las evidencias más profundas de madurez espiritual en todo el pasaje: Ana entiende que aquello que más ama realmente le pertenece a Dios. Y esto confronta profundamente nuestra vida, porque vivimos en una cultura que constantemente convierte a los hijos en ídolos. Muchos padres viven emocionalmente dependientes de sus hijos, dejan de ir a la iglesia porque su niño tiene un juego de baseball, se apartan de Dios porque a su niña no le gusta la iglesia, entre otros ejemplos que vemos en nuestros días. Pero la realidad bíblica es completamente distinta: los hijos son dones divinos, no propiedad humana. Samuel no le pertenecía finalmente a Ana. Samuel pertenecía al Señor. Y esto redefine completamente el propósito de la crianza. La meta final no es simplemente producir hijos exitosos profesionalmente, admirados socialmente o moralmente aceptables. La meta bíblica es formar vidas rendidas para la gloria de Dios. La Biblia nos enseña que Ana no idolatra el regalo recibido. Ella entiende que Dios sigue siendo más importante que el don. Y eso define realmente el carácter de una madre piadosa: una madre piadosa no cría hijos para su propia gloria, validación o realización personal; los cría para la gloria de Dios. Y de este modo Ana lo entrega para Su Gloria y Su servicio. Pero no lo descuida, o deja de lado su responsabilidad, dice el texto que cada año se encargaba de vestirlo y estaba pendiente de él mientras él crecía y servía en el templo. Esto nos muestra que una madre piadosa no evade su responsabilidad como madre, sino que ve en su tarea ardua una forma de darle gloria a Dios porque está criando hijos para Su Gloria.
Por último, en el capítulo 2, Ana levanta uno de los cánticos más extraordinarios de todo el Antiguo Testamento, el cual se centra en Dios, al leerlo detenidamente no centra su canción en Samuel. Ana centra su adoración en Dios. Ella habla de la santidad de Dios, de la soberanía de Dios, de la justicia de Dios, del poder de Dios para humillar al soberbio y levantar al humilde. En estas palabras aparece una verdad muy importante mis amados hermanos: el gozo final del creyente jamás puede descansar en los regalos de Dios; debe descansar finalmente en Dios mismo. Porque las circunstancias cambian. Las personas cambian. La salud cambia. La vida cambia. Pero Dios permanece eternamente fiel. Entonces, podemos descansar sobre una verdad absoluta; la esperanza del pueblo de Dios nunca ha descansado en la fortaleza humana, sino en la misericordia soberana y suficiente de nuestro Dios. Que nuestro Padre eterno y soberano sostenga nuestras vidas y las vidas de cada madre de la Iglesia Bíblica la Puerta. Amén.
Foto de Xavier Mouton Photographie en Unsplash

