No he venido para abrogar la ley o los profetas

Mateo 5:17“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.”



En esta semana continuaremos con nuestro estudio del sermón del monte, y retomando un poco vimos como nuestro Señor Jesucristo expone magistralmente en los primeros 12 versículos el carácter espiritual del verdadero creyente en las bienaventuranzas, y también el llamado que el Señor nos hace a ser sal y luz en medio de un mundo que vive en tinieblas. Hemos visto que el ciudadano del Reino de los cielos no solo ha sido transformado por dentro, sino que esa transformación se refleja en su testimonio exterior. Pero después de escuchar estas enseñanzas tan profundas y radicales que inician con un cambio en el interior del ser, con un nuevo nacimiento, con un nuevo corazón, sin lugar a dudas tanto a sus discípulos como a la multitud que le escuchaba predicar le tendría que estar surgiendo una gran inquietud porque lo que  nuestro Señor Jesucristo les estaba exponiendo no concordaba para nada con lo que las autoridades religiosas les venían enseñando y mostrando, el ejemplo que veían en sus líderes espirituales es que la religión se practicaba de manera externa, por ejemplo los fariseos en aquella época acostumbraban a ayunar de manera ostentosa, desfigurando su rostro para que todos los vieran y reconocieran su espiritualidad (Mateo 6:16), lo mismo hacían con los diezmos y ofrendas, hacían tocar trompeta para ser vistos y admirados por los hombres (Mateo 6:2), oraban en público con palabras elocuentes y frases largas en las esquinas y las sinagogas para ser vistos como muy piadosos (Mateo 6:5), tenían una obsesión por la pureza ritual extrema, seguían normas minuciosas de limpieza ritual (Marcos 7:3-7), entre otros ejemplos que la Biblia nos muestra señalando que su práctica religiosa era meramente exterior. Aplicaban la ley e incluso la cambiaban añadiéndole cosas para tratar de justificarse a ellos mismos o hacerse un poco más “piadosos” de manera externa. Pero Cristo en las bienaventuranzas es contundente e inicia su sermón hablando del corazón, del cambio desde el interior del verdadero ciudadano del Reino de los cielos, haciendo énfasis en la pobreza espiritual, no en los méritos propios, en el arrepentimiento o lloro, no en la exaltación pública, en la mansedumbre, no en el orgullo de ser vistos, en el hambre y sed de justicia, no en la auto justificación por obras, en la misericordia, no en el creerme superior a los demás y desecharlos, en la pureza de corazón, no en la pureza ritual exterior. Nuestro Señor estaba sin lugar a dudas revelando el verdadero sentido de la ley. 

Bajo este contexto surge entonces un pregunta natural: ¿qué sucede entonces con la Ley que Dios dio en el Antiguo Testamento? ¿¿Estará el Señor estableciendo una nueva ley que reemplaza la anterior? Es precisamente para aclarar estos interrogantes que Jesús pronuncia las palabras de Mateo 5:17–20, palabras que no solamente nos enseñan sobre la Ley, sino sobre la naturaleza misma de la justicia que Dios requiere de los Suyos. Pero antes de entrar a desarrollar el versículo debemos asegurarnos que Cuando Jesús dice “la Ley y los Profetas”, está usando una expresión que resume todo el Antiguo Testamento, incluyendo la Torá o los cinco primeros libros escritos por Moisés, los Profetas (Nevi’im) y los Escritos (Ketuvim), que juntos formaban la revelación completa que Dios había dado a Su pueblo. Esta expresión se usa así de manera resumida en el Nuevo Testamento, por ejemplo, cuando Pablo dice que Cristo es “el fin de la Ley para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4), mostrando que toda la Ley y los Profetas apuntaban a Él; en Mateo 22:40, Jesús dice que toda la Ley y los Profetas “dependen de estos dos mandamientos” del amor a Dios y al prójimo, y en Lucas 24:44, Jesús mismo declara a Sus discípulos que “todo lo escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí, debía cumplirse”, confirmando que esta expresión abarca toda la Escritura del Antiguo Testamento y que todo apunta a Él como cumplimiento y centro.

Ahora si, teniendo esto en claro, vamos en primer lugar al verso 17. Cristo no vino a anular la Ley, sino a cumplirla plenamente. Aquellos que estaban escuchando estas palabras podrían haber pensado que, al hablar tanto del corazón y del carácter interior, Jesús estaba dejando la Ley a un lado. Pero el Señor deja claro que nada está más lejos de la verdad. Él cumple la Ley en todas sus dimensiones. La cumple proféticamente, porque todo el Antiguo Testamento apuntaba a Él (Lucas 24:27). La cumple moralmente, porque vivió una obediencia perfecta que ningún ser humano pudo jamás ofrecer; Él encarnó la santidad que la Ley revela (1 Pedro 2: 21-22). Y también la cumple en su significado más profundo, porque revela la intención divina detrás de cada mandamiento, rescatando la Ley de las interpretaciones superficiales y legalistas de los fariseos. Cristo no corrige a Moisés; Cristo corrige la dureza del corazón humano que pervirtió el sentido de la Ley.

Luego Jesús dice: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley” (Mateo 5:18). Aquí vemos una segunda verdad: la Ley de Dios es permanente porque refleja Su carácter, y el carácter de Dios no cambia (Malaquías 3:6). La expresión “ni una jota ni una tilde” hace referencia a la atención minuciosa que Dios tiene hacia Su Palabra. La jota es la letra más pequeña del alfabeto griego (y se entiende que se refiere a la letra hebrea yod, la más pequeña de su alfabeto), y la tilde es un pequeño trazo que diferencia ciertas letras en hebreo. Jesús está diciendo que ni el detalle más mínimo de la Ley será pasado por alto o desaparecerá, porque todo lo que Dios ha revelado tiene propósito, significado y valor eterno. Cada letra, cada palabra, cada precepto refleja Su santidad, Su justicia y Su carácter inmutable. Mis hermanos, esto significa que la Ley moral no está sujeta a cambios culturales, ni a emociones humanas, ni a los pareceres de cada generación. Vivimos en un mundo que quiere redefinir el bien y el mal según sus propios deseos, pero Jesús afirma con autoridad divina que la voluntad de Dios permanece inalterable. Y para nosotros los creyentes, esta Ley no es una carga que nos condena, porque Cristo ya llevó nuestra condena en la cruz (Romanos 8:1). En lugar de eso, es una guía, una luz, una herramienta que el Espíritu Santo usa para santificarnos y hacernos más semejantes a Cristo (Galatas 3:24). No hay contradicción entre la gracia y la Ley moral; la gracia nos salva, pero la Ley nos muestra la belleza del Dios que nos salvó.

Jesús continúa diciendo: “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos” (Mateo 5:19). Aquí encontramos una tercera enseñanza: nuestra actitud hacia la Ley revela el estado de nuestro corazón. No se trata solamente de obedecer o desobedecer, sino de cómo valoramos la Palabra de Dios. A veces no desobedecemos abiertamente, pero minimizamos lo que Dios ha dicho, justificamos nuestros pecados, suavizamos lo que la Escritura condena, o condicionamos nuestra obediencia según nuestras emociones. Pero Jesús no hace distinciones entre mandamientos grandes y pequeños. Todo lo que Él ha dicho es importante, todo lo que el Padre ha revelado es digno de ser obedecido con humildad (Santiago 2:10-11). Y aquellos que enseñamos, ya sea en el hogar, en grupos pequeños, desde el púlpito o aún con nuestro ejemplo diario, tenemos la responsabilidad de reflejar la fidelidad de Cristo, no de moldear la Biblia a nuestra conveniencia. Mis hermanos, así como la gratitud revela un corazón transformado, también la obediencia sincera revela un corazón regenerado que ama al Señor (1 Juan 5:2-3).

Finalmente Jesús dice: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20). Este es el punto culminante y más confrontante del pasaje: la justicia del creyente debe ser mayor que la justicia farisea, porque es una justicia que nace del corazón transformado por Dios mismo. Los fariseos tenían una justicia externa, llena de apariencias, reglas y tradiciones humanas. Era una justicia orgullosa, superficial, selectiva, enfocada en ser vista por los demás. Pero Jesús dice que esa justicia no sirve para entrar al Reino. La justicia del Reino es completamente distinta: nace del Espíritu Santo, fluye de un corazón humilde, que ama la santidad de Dios, que busca agradar a Cristo más que impresionar a los hombres. Como dice el apóstol Pablo, “la justicia de Dios se ha manifestado por medio de la fe en Jesucristo” (Romanos 3:22). Es la justicia del pobre en espíritu, del limpio de corazón, del misericordioso, del que tiene hambre y sed de justicia verdadera. No es una justicia producida por esfuerzo humano, sino por la obra sobrenatural de Dios en nosotros (Filipenses 2:12-13).

Mis amados hermanos, a la luz de estas palabras debemos examinarnos con sinceridad. No podemos vivir como el Israel que murmuró aun viendo la gloria de Dios (Salmo 106:25) como vimos la semana pasada, ni como los fariseos que obedecían externamente con un corazón sin transformar. Nosotros hemos visto la gloria del evangelio, hemos sido perdonados, reconciliados, adoptados como hijos, regenerados por el Espíritu Santo. Por eso debemos preguntarnos hoy: ¿Valoramos la Ley de Dios o la minimizamos cuando nos incomoda? ¿Obedecemos desde el corazón o solo cumplimos lo externo? ¿Nuestra justicia es la de la apariencia o la del corazón transformado? ¿Vivimos guiados por la santidad de Dios o por nuestros deseos?

Que el Señor nos conceda la gracia de contemplar a Cristo, quien cumplió perfectamente la Ley por nosotros, y que esa contemplación produzca en nuestras vidas una justicia mayor, una justicia auténtica, una justicia que refleje a Aquel que nos salvó. Que vivamos obedeciendo no para ser aceptados, sino porque ya hemos sido aceptados en el Amado. Y que nuestra vida entera muestre al mundo que Cristo no vino a abolir la Ley, sino a cumplirla y a escribirla en nuestros corazones.

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